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POR ENÉSIMA VEZ

Recuerdo claramente el día que terminé mi carrera, en ese tiempo no me visualizaba siendo esposa ni mucho menos mamá, en aquellas épocas yo solo soñaba con la empresa propia, un carro último modelo, un enorme penthouse, viajes a diferentes continentes y la compañía de un modelo de Calvin Klein, ahí estaba yo con mi toga soñando despierta y prometiéndome que iba cumplir cada uno de mis incansables sueños.

Años después con varios golpes de la vida, sin trabajo, sin carro, sin penthouse y si hablamos de viaje lo más lejos que llegué fue a la avenida México, de la rica vicky en mi Lima querida, con el corazón hecho añicos no por un modelo de Calvin Klein sino por un mamarracho más feo que el sapo; me juré a mi misma nunca más permitir que mi vida gire al entorno de un cucaracho, es más me quedaré soltera de por vida me dije a mí misma, según yo quería ser la nueva Samantha Jones versión Perucha.

Dos años después me casaba con el hombre de mi vida y mientras decíamos nuestros votos matrimoniales, yo me prometía ser la esposa moderna, esas que nos venden las pelas gringas, la que puede hacer de todo, sin necesidad de hijos, bien a la moda con una carrera exitosísima, dónde cada noche ambos haríamos cenas románticas a la luz de las velas y haríamos el amor sin tapujos al menos 1 vez al día, los 7 días de la semana y cada año alistaríamos maletas para vacacionar en algún exótico lugar del mundo.

Casi tres años después embarazada de mi dulce retoño mientras decoraba el cuarto que albergaría a la bendición, me prometí ser la mamá perfecta igualita a las que nos venden en los comerciales y redes sociales, que tiene tiempo para todo incluso para ir a la peluquería, que llega del trabajo con el maquillaje intacto sin ninguna gota de sudor a una casa inmaculada e impecable con los juguetes en su lugar y sin manchas en las paredes, que alimenta a su familia con comida orgánica, nada de chantajes emocionales y cero tecnología para la criatura.

Un año después con mil ojeras encima le decía a mi marido a modo de acuerdo-promesa que nos quedaríamos con un niño, porque tenía sentimientos encontrados todos los días de mi vida, quería trabajar pero también quería quedarme en casa con mi bebé, quería pasar más tiempo con mi enano pero había días que culposamente extrañaba nuestra época de solteros.

Dos años y 3 meses después mientras iba de camino a internarme a la clínica para mi segunda cesárea, llena de sentimientos a flor de piel me prometía una vez más que regresaría a trabajar pero esta vez mucho más canchera según yo, que no descuidaría mi relación con mi mayor y que tendría tiempo exclusivo para él cada día de la semana, que nunca le regañaría por alguna travesura de su hermana sino que sería justa para ambos, que no les alzaría la voz “jamás” ni diría las frases típicas de las mamás de siempre, total me repetía cuál coro pegajoso “ya sé lo que es tener un hijo”.

Tres años y 8 meses después en medio de una cuarentena interminable, aquí estoy despierta en plena medianoche viendo la habitación de mi última que parece que el huracán Katrina pasó dejando destrozos a diestra y siniestra, cierro su puerta y me digo una vez más “mañana lo haré”; camino y recuerdo que hace unos días les grité porque se estaban peleando y me vuelvo a prometer “no lo vuelvo hacer”, luego viene a mi mente mi mayor pidiendo la tijera y yo recordándole que cuidado vuelva a cortar el pelo a su hermana a modo de advertencia pero sin darme cuenta le estoy regañando por enésima vez y me juro que “no vuelvo a caer en mis desbordes de mamá loca”; me siento en la sala y caigo en cuenta que mañana empiezo campaña por 6 meses ininterrumpidos a modo freelance y empiezo a prometerme mil cosas más, me detengo en seco y mi mente se queda en negro viene como torbellino todo lo que me he prometido a lo largo de mi vida, muchas cosas he cumplido y muchas otras se quedaron en el olvido, definitivamente no tengo la vida que planee ni me imaginé a mis dulces 23 años, hoy no trabajo en oficina, soy mamá 24×7, no me alcanza el tiempo ni para respirar, no voy a la pelu desde octubre del año pasado, me he desbordado más de una vez con las bendiciones, me refugio en el baño por más de media hora para tener un momento de paz, las cenas románticas con mi marido son cada vez más escazas y “hacer el amor” sin la adrenalina de que nuestros hijos nos ampayen es el pan de cada día, mi estilo ahora es deportivo y lo peor es que no hago deporte, tengo un solo par de tacos y como 5 zapatillas, ya no planeo viajes a un lugar exótico sino a un hotel familiar que tenga piscina y juegos seguros para niños; pero saben qué en medio de toda la locura que es mi vida de algún modo inexplicable SOY FELIZ, con días que sueño con huir a otro estado y otros muchos días en que agradezco a Dios infinitamente por haberme cambiado mi plan de vida a la que tengo ahora. Sí, como diría mi papá salí “veleta”.

Digánme loca pero hoy por enésima vez me prometeré ir a la peluquería algún día a engreírme, a volver a tener al menos una vez por semana cenas románticas con mi chico, a no desbordarme con las bendiciones, a no darles el ipad para que coman o tenga un tiempo para limpiar sin correr porque están peleando, a estudiar un diplomado y miles de cosas más; con la seguridad de que a corto, mediano o largo plazo algunas cosas lo cumpliré y otras pues irán cambiando y adecuándose a lo que estemos viviendo, finalmente lo que importa es que juntos los cuatro SOMOS FELICES en medio del caos, drama, risas, gritos, nostalgia y mucho pero mucho amor tanto que invade cada rincón de nuestro hogar así como los juguetes de mis terremotos que debo ordenar antes de acostarme a dormir, sonrío mientras levanto el oso rosado de mi hippie de pelo largo y diviso al fondo las zapatillas de mi mayor que buscaba desde hace días…

Malel, mujer con mil promesas

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