Uncategorized

AL BORDE DEL PRECIPICIO

No recuerdo exactamente el día en que empecé a odiarme, ni el día en que comencé a perder mis ganas de vivir, tenía solo 21 años cuando mi mundo se convirtió en una historia de terror, dónde mi mente jugaba conmigo una y otra vez, dónde mi deseo de morir y la culpabilidad de no sentirme normal era una constante que me calaba en lo más profundo de mi ser.

Recuerdo sentirme cansada y harta de despertar cada día odiando cada parte de mi cuerpo, pero más aún odiándome porque sabía que teniendo todo no podía ser feliz, me preguntaba cada día que carajos me pasa, por qué me sentía tan triste, por qué mi mundo era tan frío y gris, y por qué el resto de las personas que amaba no entendían lo que me pasaba.

Me sentía un monstruo, cómo era posible que no me amara ni un poquito, cómo era posible que conociendo a Cristo de pequeña, no me sentía conforme de cómo me había creado, por qué sabiendo que él me amó incluso desde antes que estuviera en el vientre de mi madre yo me sintiera un fracaso, un fiasco, y la peor persona del mundo.

Muchas veces mientras iba sentada en el microbus miraba la ventana y sentía el impulso de tirarme, luego la culpabilidad llegaba a mi con un torrente de lágrimas que no sabía como frenar, al llegar a mi destino solía correr, limpiarme las lágrimas, fingir e ir al baño con la excusa de que necesitaba bañarme, prendía la llave y me inducía al vómito. Siempre eran sólo pensamientos y/o imágenes de mí terminando el sufrimiento que llevaba por dentro, muchas veces me pegué a mi misma y me dije cosas horribles, y otras veces me hablaba diciéndome Malel Basta!! vamos que puedes, no todo esta perdido, pero yo en mi interior sabía que estaba tocando fondo.

Era cómo las 6 de la tarde, mi mamá ya sabía lo que me pasaba y ella ya estaba buscando ayuda profesional para mi, aunque yo insistía que no necesitaba porque creía que no tenía arreglo, recuerdo que toda la semana había sido terrible para mí, mi cabeza no paraba de hacerme notar que no servía para nada, que el sufrimiento para mis padres y para mí pararía si yo ya no estuviera con ellos, ese día era un día particularmente frío y lloviznaba, en automático me puse mis zapatillas, me despedí de mi madre a mi modo, y me fui caminando mientras sentía como un aire helado entraba por mi columna vertebral mientras mis lágrimas salían como lluvia torrencial de mis ojos, solo quería llegar a ese puente, en la que más de una vez me vi cayendo, caminé y caminé por toda la Rosa toro hasta que llegue a la Javier Prado, subí las escaleras, caminé hasta al medio del puente, cogí las barandas y me doble desbordada en llanto, mientras me gritaba desconsolada vamos Malel termina esto, en ese momento escuché el grito de un amigo y realmente no estoy segura si mi madre llegó minutos después porque yo estaba en trance, no recuerdo como regresé a casa, solo recuerdo el cálido abrazo de mi madre mientras me acurrucaba en las piernas de ella en mi cuarto, su rostro jamás lo olvidaré, ella estaba destrozada y el motivo era yo. Recuerdo que le prometí entre llanto que iba a ir al psiquiatra, que por favor me perdone y que nunca más la iba hacer sufrir, esa noche fue la primera de una larga lucha en recuperarme, mi principal motivo en ese momento mi Madre.

Ha pasado más de una década desde aquel día y todo este tiempo y aunque no quería admitirlo estuve sobreviviendo como pude, y si a pesar de tener un esposo maravilloso y dos hijos que me recuerdan cada día el amor inmensurable que Dios tiene conmigo, aún así me he sentido infinidad de veces rota y muchas veces “el problema” o “el monstruo”, ha sido tremendamente difícil y doloroso ver como mi enfermedad comenzó a calar en mi relación con mi esposo y con mis niños, hace un tiempo tuve una gran crisis, aquella que me paralizó de miedo y recuerdos que pensé que ya los había sepultado, esa crisis me hizo ver más vulnerable que nunca, ésta vez era el rostro desencajado de mi esposo era él que me hizo regresar de mi trance, nunca en nuestros 9 años de casados me había mostrado de esa manera, él sabía de mi pasado pero jamás me había visto en crisis.

Entiendo lo difícil que es comprender a una persona que como yo ha sido diagnosticada con una enfermedad de salud mental, porque el familiar o el amigo te ve perfecta y saludable y porque ha pesar de que la ciencia avanzó aún existe un estigma muy grande para nosotros, imagínense que sólo hasta hace unos meses supe que yo nunca fui el problema que lo que me pasa es producto de un desbalance químico, incluso habiendo llevado un tratamiento por más de un año, nunca me lo explicaron y he vivido todos estos años atribuyéndome el total de la responsabilidad de sentirme terrible conmigo misma.

Hoy por hoy sigo sobreviviendo pero consciente que estoy en el camino correcto de mi recuperación, que tengo la esperanza y la seguridad de que pronto podré tener una vida plena, y aunque me falte un buen tramo por recorrer no estoy sola en primer lugar tengo a Dios de mi lado, a mi esposo, y a mi grupo de apoyo (un instrumento de mi creador).

Espero que este relato contribuya un poquito a entender que la depresión es una enfermedad como cualquier otra, que tratada por un buen profesional y el apoyo de tu familia puedes llegar a tener una vida normal.

Gracias por leerme,

Malel,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s